Tiburones y subjetividad neoliberal
Una reflexion sobre la manera que nombramos las cosas
Como amante de los tiburones, seres hermosos y poco comprendidos, me indigna ver la colocación de estigmas, como si fuesen uno más (marginal o disidente) de nuestra sociedad. Son por un lado demonizados por el cine de terror, mediante una licencia artística poco fundamentada, que implanta miedo. Por el otro, la idea de tiburón creada masífica un modelo arquetípico aberrante. Se lo ha secuestrado simbólicamente desde el sentido común neoliberal. Hoy quién tiene mente de tiburón es un empresario de sí, que retomando perspectivas utilitaristas, se construye como un voraz y solitario emprendedor. El pobre animal (entre otros) es configurado en el imaginario como una interpretación del hombre, en tanto modelo aspiracional, capaz de vencer en el capitalismo salvaje. Obviando el abismal contraste entre el estilo de vida natural (de donde es) con el gobierno virtual de los algoritmos (donde es situado). Estas personas construyen su subjetividad desde el individualismo extremo, en una sociedad que transforma los vínculos y las identidades en mercados de cuerpos, en los cuales tú imagen es intercambiable y compite con otros. Todo cambio físico, personal o profesional es una inversión, haciendo del sujeto una empresa. Lo que realmente podemos aprender de los tiburones, es la diversidad que abunda en ellos. Colores, tamaños y personalidades. Desde ariscos tiburones que nadan en conjunto sin relacionarse, hasta especies fundamentalmente sociales. Desde cazadores hasta algunos que no cazan ni tienen dientes. El tiburon ballena es el pez más grande, pero también hay tiburones diminutos. Algunos inspiran temor y otros hacen caras graciosas. Hay madres nadando en las playas mientras asustan turistas y hay humanos que destruyen e invaden su hábitat. Escribí esto esta mañana, mientras leía a Sabato y me tomaba un mate, capaz algún día lo continúe.